Hay instrumentos que guardan en su silencio siglos de historia, música y fe.
Hay manos capaces de escuchar ese silencio y devolverle la voz.
Alejandro Rodríguez Rubio nació en Gran Canaria, su recorrido profesional está profundamente ligado a la música y a una forma muy concreta de relacionarse con ella: desde la escucha, la curiosidad y el respeto por los instrumentos. Desde joven sintió la necesidad de entender la música más allá de tocarla. Esa inquietud lo llevó a formarse en pedagogía musical en el Conservatorio y a encontrar en el órgano un espacio donde confluyen muchas de sus preguntas. No fue solo una elección instrumental, sino el inicio de una relación más profunda con el sonido, el tiempo y la materia que lo produce.
El órgano, con su complejidad y su fuerte vínculo con el lugar que lo alberga, despertó en él un interés creciente por cómo funcionan los instrumentos por dentro, cómo envejecen, cómo responden al entorno y cómo todo eso influye en la música que finalmente escuchamos. Afinación, mecánica, acústica e historia comenzaron a formar parte natural de su manera de entender la interpretación. Con los años, Alejandro ha ido construyendo un perfil en el que se mezclan la docencia, la interpretación y la divulgación. En su trabajo, ya sea en el aula, en un concierto o en una actividad abierta al público, busca generar espacios donde la música se pueda comprender y sentir sin prisas ni barreras, poniendo en valor el instrumento como parte esencial del discurso musical.
Más que ofrecer respuestas cerradas, su objetivo es despertar preguntas: por qué suena así, qué hay detrás de cada nota y qué historias guardan los instrumentos que tocamos. Para él, la música cobra sentido cuando se convierte en una experiencia viva, cercana y compartida.
Para Alejandro, este oficio es un aprendizaje constante, una práctica que nunca se da por cerrada. Continúa formándose como organista con el maestro Volodymyr Kotenko y amplía su visión musical a través de clases y encuentros con referentes internacionales como Thomas Ospital o Juan de la Rubia. Cada lección, cada masterclass, le recuerda que la restauración no es un objetivo en sí mismo, sino una forma de ponerse al servicio de la música y de quienes la hacen posible.
Ese compromiso con el trabajo bien hecho y, sobre todo, con la idea de devolver los instrumentos a la vida de la comunidad, ha sido reconocido en distintas ocasiones. Entre ellas, el Reconocimiento Público del Ayuntamiento de Vega de San Mateo, que valora el esfuerzo colectivo por recuperar un instrumento y devolverlo a su pueblo. Alejandro recibe este tipo de gestos con gratitud, consciente de que detrás de cada restauración hay muchas manos, tiempo y responsabilidad compartida.
Actualmente compagina proyectos de restauración en Canarias con encargos internacionales, siempre desde la misma manera de entender el oficio. Cada órgano o armonio es abordado no como una máquina averiada, sino como un testigo de su tiempo, con una historia propia y una voz única por recuperar.
Para Alejandro, la mayor recompensa no es cerrar un proyecto ni firmar una restauración, sino vivir ese instante en el que, después de años de silencio, un instrumento vuelve a sonar y emociona de nuevo a quienes lo escuchan.
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