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Nacido en Gran Canaria, Alejandro Jesús Rodríguez Rubio ha construido un perfil artístico atípico. Aunque su camino comenzó frente a las teclas del piano, fue la complejidad del aire y la mecánica de los instrumentos de viento lo que terminó por definir su identidad musical. Hoy, su labor se divide principalmente entre la interpretación del órgano y el armonio, aunque también en el piano en menor medida. Su faceta técnica y artesanal como organero le permite entender la música desde su propia maquinaria. Su formación es un reflejo de una curiosidad intelectual.
Graduado en Pedagogía por el Conservatorio Superior de Música de Canarias y formado en órgano en el Conservatorio Profesional de Las Palmas, continúa perfeccionando su técnica con el maestro Volodymyr Kotenko. Sin embargo, su visión de la música se nutre también de áreas aparentemente lejanas, cuenta con estudios en Patrimonio y Musicología, disciplinas que aportan a sus versiones una profundidad y un rigor que van más allá de lo puramente sonoro.
Como músico, Alejandro no solo interpreta; rescata. Su conocimiento de la organería —que empezó a cultivar de forma autodidacta a los 14 años— le ha permitido liderar proyectos de recuperación patrimonial críticos, como la restauración del órgano de San Andrés Apóstol en La Palma o el rescate del Armonio Malcolm en Mogán, un instrumento que llevaba medio siglo en silencio. En sus manos, el armonio deja de ser un mueble del pasado para recuperar su estatus de instrumento de concierto, capaz de una expresividad conmovedora en la corta distancia.
Su repertorio es un diálogo entre épocas: desde la precisión de Bach o Cabanilles hasta la creación contemporánea, incluyendo sus propias composiciones como El Gran Poder de Dios. Además, su labor como investigador ha devuelto a la luz parte del patrimonio musical de las islas, asegurando que las partituras y tradiciones de lugares como Mogán no se pierdan en el tiempo.
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